Mientras caminaba por el empinado sendero, Hanna, se preguntaba en que momento de lucidez decidió ir de ruta con sus compañeros scouts. El sol le abrasaba la cabeza, gotas de sudor le resbalaban por la sienes y el peso de la mochila le impedía seguir el ritmo de sus compañeros.

Su querida amiga Noa, iba delante de ella, y por el compás de sus pasos intuía que estaba en una situación similar. El un grupo estaba formado por unos quince jóvenes, ellas y Laura, eran las únicas chicas. Hanna comprendió que sus horas de aeróbic y sus piernecitas de chica de metro sesenta, no eran suficientes para mantener el ritmo de los chicos, que daban grandes zancadas, se pasaban el día jugando a fútbol y competían por el título al más galllito.

Cuando parecía que avistaban la zona de acampada y quedaban unos veinte minutos para llegar, alguien le arrancó violentamente la mochila a Noa, recriminándole lo lenta que era y que prácticamente todo el grupo ya había llegado al destino. Segundos después un compañero también le intentó coger la mochila a Hanna, pero  se resistió. Le molestaba la actitud de esos chavales, no lo hacían por compañerismo, ni por ayudarlas, sino por humillarlas, pavoneándose de que ellos ya habían llegado al refugio y habían retrocedido de nuevo para rescatarlas. Finalmente Hanna cedió y recorrió el resto del camino sin la mochila a su espalda, aunque seguía teniendo un peso, se sentía despreciada e insignificante.

Al llegar al refugio, calentaron albóndigas de bote, ellos las llamaban “dog  chow”, porqué el aspecto dejaba mucho que desear, pero cuando el hambre aprieta, cualquier cosa es buena para echarse a la boca. Así que rebañaron la fiambrera, algunos incluso a lametazo limpio.

Hanna y Noa se fueron a dar un paseo, las vistas eran espectaculares, estaban en pleno Pirineo Aragonés, a lo lejos se vislumbraba la Brecha de Rolando, realmente como si el caballero la hubiera seccionado con su espada. Aprovecharon para buscar un lugar para hacer pis, pero era muy complicado porque no había ni un solo árbol tras el que ampararse. Se escondieron detrás de unas piedras, y cuando Hanna se estaba abrochando los pantalones aparecieron un par de excursionistas, pillando a Noa en plena faena. Lo gracioso es que a pesar del susto, ellos no la vieron. Ambas se miraron y estallaron en carcajadas.

Al llegar a la zona de acampada, sus compañeros estaban jugando a “churro-media manga-mangotero”. El juego consistía en formar una fila de personas algo inclinadas, mientras el resto saltaban sobre ellos. Cuando todos cayeron por el sueldo formando una gran masa humana y las dos amigas se disponían a colocarse cada una en un equipo, Eric les llamó la atención:

– ¿Se puede saber a dónde creéis que vais?, éste juego es sólo para chicos.

Hanna se encaró a él, remarcando:

– Entonces, ¿porqué Laura está jugando?. A lo que Eric respondíó:

– Ella es la hermana de David, y no está gorda cómo vosotras dos, no queremos que nos rompáis la espalda al caernos encima.

Ambas cruzaron las miradas y se apartaron atónitas, ante la mirada de sus compañeros y monitores, los cuales no hicieron nada por integrarlas al grupo o reconducir la situación.

Se dirigieron hacia una enorme piedra, y se sentaron. Noa, rompió a llorar estrepitosamente, mientras hablando entre sollozos, soltaba una serie de palabrotas y gesticulaba de forma grosera.

– Estoy enfadada, se quejó Noa, pero ¿cómo es posible que los monitores, incluso Eva, aprueben éste desprecio hacia nosotras, si solo pesamos cincuenta quilos, de que van estos!!!

Situaciones parecidas se fueron repitiendo durante la ruta, incluso un día en el que tenían que valerse por si mismos para encontrar un lugar, en el que les ofrecieran comida y cobijo para dormir. Sus compañeros las dejaron solas cerca del pueblo, ellas se subieron al coche de unos desconocidos, se cruzaron con unos borrachos y finalmente pasaron la noche al descubierto  en un mirador con olor a pis. Al día siguiente las despertó la voz ronca de un policía, llamándoles la atención por dormir allí.

Con los años, Hanna siguió recordando esa vivencia, por una parte con cariño, porqué le gustó mucho el paisaje y la experiencia, aunque por otro lado y a pesar de volver a casa más fuerte, también arrastró varias inseguridades que superó lentamente a lo largo de los años. Por suerte, el tiempo lo cura todo!

En éste relato, en vez de sugeriros el aceite: ¿que os parece si en los comentarios proponéis un aceite esencial emocional para la Hanna adolescente? o bien darle un consejo. Gracias

 

 


2 commentarios

María Isabel · 4 diciembre, 2018 a las 9:25 pm

Uf! estas adolescencias. Nos marcan de por vida, es una etapa muy dura y no somos consientes.
Yo le daría VALOR, que lo respire con alguna rutina o mantra para empoderarse. Quizás alternando con Believe

Alba · 5 diciembre, 2018 a las 8:47 am

Yo le daria a Hanna Believe, Acceptance y White Angelica ! Sobre todo ser ella misma y hablarlo!!!! No callarse, hay que soltarlo!

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