Taxiiii! gritó con todas sus fuerzas. El vehículo se detuvo en seco y una preciosa y conjuntada mujer, entró como un vendaval.

– al aeropuerto, por favor! informó con una voz firme pero dulce.

Mientras observaba las calles abarrotadas de Barcelona, pensaba en  las tareas que tenía que realizar en cuanto llegara a Nueva York. Sus pensamientos se iban interrumpiendo por los comentarios del taxista, que por cierto era muy simpático y apuesto.

-ai! quien fuera el volante! (pensó)

Una vez en  el aeropuerto, Mila ojeaba una revista de moda, escaneando mentalmente los modelitos que se compraría para la temporada de invierno. Le encantaba ir conjuntada a la perfección, empezando por el calzado, pasando por los cinturones y terminando por los pendientes y las gafas, los zapatos eran su verdadera perdición. Su trabajo requería que fuera al último grito en moda, ya que se relacionaba con empresas muy importantes vinculadas a ese sector y su imagen debía  ser impecable.

A Mila le encantaba su profesión, porque podía visitar las ciudades más importantes del mundo, París, New York, Milán,… Lo único que le molestaba un poco era el jet lag, dormir fuera de casa y sobretodo no poder usar su propio baño. Era casi imposible  acudir a la llamada del cuerpo cuando lo necesitaba y precisamente llevaba cuatro días sin poder hacer caquitas en condiciones. Tenía el vientre hinchado como un globo.

Subió al avión y se abrochó el cinturón, por suerte,  le tocó ventanilla, así que pudo observar como el avión ascendía e iniciaba  el vuleo, le encantaba observar lo diminuto que se veía todo, las nubes y el paisaje en general.

A su lado una dulce anciana, se retocaba el maquillaje, mientras tarareaba una animada melodía. A continuación la vió coger un tarro de cristal, inhalar unas cuantas veces y ponerse un poco en el cuello. Intercambiaron unas cuantas palabras y se presentaron, pero no entendió bien el nombre  y le supo mal preguntarle. Mila se quedó pensatiba, ya que el rostro de su compañera de vuelo le parecía muy familiar. Cada vez que se disponía a leer un libro,  la interrumpía, parecía que tenía ganas de conversar, o más bien de interrogarla, lanzándole una retahíla de preguntas indiscretas y personales.

– ¿Cuántos años tienes?, ¿A qué te dedicas? ¿estás casada? ¿Tienes hijos?

Hasta le preguntó la talla de sujetador que usaba. Mila estaba estupefacta. Así que decidió cortar a la anciana, argumentando falta de sueño. Se puso los auriculares y cerró los ojos, mientras escuchaba una selección tranquila que le transmitía paz.

Pero parecía que el viaje sería complicado y no precisamente porque hubiera turbulencias o tormenta. Empezó a notar retortijones en la barriga, que reconoció en seguida como el preludio de su momento “all bran”, comenzó a sentir mucha presión en el abdomen y calambres lo que probocó mucho calor, sofocos y sudor. Así que decidió ir al baño, a pesar de odiar los retretes públicos, ya que le quedaban muchas horas de viaje.

Al pasar por delante de la anciana, ésta le dió una palmadita en el culo mientras le preguntaba a dónde iba, Mila se giró indignada, la fulminó con la mirada y continuó andando por el pasillo. No daba crédito a la indiscreción de esa mujer, pero no sabía porqué motivo al mismo tiempo le evocaba ternura .

Entró en el baño del avión, puso el protector en la tapa y se sentó, empezó a leer en su móvil pacientemente y deseando que fuera un momento muy, muy breve, le daba vergüenza que alguien quisiera entrar. En ese instante se acordó de su amigo Robert, siempre le hacía la comparación de que cuando se iba al baño era como si una tortuga sacara su cabecita del caparazón. Pues la cabeza de su tortuga estaba atascada, ni hacia dentro ni hacia fuera. Que horror!!!

En pleno agobio y glorioso momento, golperaon la puerta de forma insistente, era la voz de la “simpática” ancianita, que le gritaba.
– estás bieeeen! ¿no te habrás mareado? llevas dentro mucho rato, ¿llamo a la azafata? ¿estas embarazada?

No se lo podía creer, pero si no llevaba ni cinco minutos! Mila cada vez más nerviosa intentaba apretar con todas sus fuerzas, el sudor le resbalaba por la frente,  temía que le explotaran las venas de los ojos. Entre gritos de la anciana y golpes en la puerta apretó con todas sus fuerzas, frunciendo el ceño  y apretando los labios para evitar emitir ningún sonido. Por fín, consiguió que la tortuga sacara la cabeza y el alivio fue inmediato. Se lavó las manos y se refrescó la cara,, se pasó los dedos por el pelo y alisó su falda con las manos. Y después de una profunda inhalación, abrió la puerta.

Se dirigió hacia su asiento, con el rostro rojo como un tomate, observando las caras de los pasajeros que afortunadamente estaban sumidos en sus cosas y la ignoraban.  Se sentó, cogió el libro y cuando se disponía a ponerse los auriculares, la anciana la interrumpió.

– lo siento, no quería ser tan grosera, es que volar me pone muy nerviosa y  no digo más que tonterías.

Mila se quedó muda con los ojos muy abiertos ante la declaración de la mujer. Que cosas más extrañas le estaban pasando. Decidió seguirle la corriente y cuando le preguntó que le ocurría en el baño le apeteció ser sincera  y le contó sus problemas con su estreñimiento.

La anciana abrió el el bolso , sacó un pequeño neceser con un vivo estampado y cogió un pequeño frasco en cuya etiqueta ponía Digize. Se lo dió y le indicó que se hiciera un masaje dos o tres veces al día hasta que se le regulara el tránsito intestinal.

– y ha podido pasarlos por el control del aeropuerto?

La anciana le explicó que hacía muchos años que usaba aceites esenciales y nunca había tenido ningún problema en pasar los aceites, sin los cuales no podía salir de casa.

Mila olió el botecito, que aroma más potente, le comentó. Se lo guardó en el bolsillo de la falda y mientras disfrutaba del silencio y de las vistas del atardecer se quedó dormida. La despertaron las voces de la azafata anunciando la llegada e informando que se abrocharan los cinturones. Se giró y entonces se percató de que no había ni rastro de la anciana.
Habría sido un sueño? pero el botecito seguía en su bolsillo, le dió la vuelta y se fijó que, grabado en vinilo, ponia Mila.


Digize: mezcla de aceites esenciales indicada para el sistema digestivo, mejora problemas de estreñimiento, diarreas y también indicado en caso de parásitos intestinales.

Probióticos: favorecen la salud y el transito intestinal.

Valor: sinergia que ayuda a ganar coraje y confianza en uno mismo. También proporciona sentimientos de calma y relajación.

Categorías: Relatos cortos

1 comentario

Milagros · 4 diciembre, 2017 a las 5:03 pm

He leído todos sus relatos y me encantan sobretodo este último, me parece ingenioso y muy divertido.
Le animo a que siga escribiendo, me encantan.

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